What happened
El podcast analiza "La esquizofrenia de Barcelona" de Jordi Amat, que explora la dualidad de la ciudad entre su discurso oficial de éxito y la crítica de su vaciamiento. Se discuten los orígenes en 1992, la disolución de la contracultura y la fractura entre relatos, dejando a los ciudadanos perplejos ante la...
Uno de los problemas de la Barcelona contemporánea -tal como yo la veo- es la existencia de dos discursos que nunca se mezclan. Por un lado, el de políticos y empresarios que, felices de la vida, consideran que la ciudad ha experimentado un cambio tan positivo y que las cosas van tan bien (con algunas cosillas).
Y que todo ha sido gracias al 92. Y después están los escritores y artistas (no todos, pero muchos) que consideran que la ciudad cada vez tiene menos substancia y que todo empezó a torcerse en el 92. En medio, los ciudadanos, que se entusiasman, pasan, protestan, refunfuñan o agachan las orejas, según el momento.
Combinar las dos historias y que no te salga el monstruo de Frankenstein, requiere unas grandes habilidades reflexivas y especulativas. Jordi Amat (Barcelona, 1978), que se confiesa hijo del maragallismo y que tiene una larguísima trayectoria en el campo de la crítica cultural, es de los pocos que puede hacerlo.
Empieza el libro explicando la sensación compartida por muchos barceloneses al darse cuenta de que la ciudad ya no les pertenece, que existen unos pisos, con puertas que se abren con códigos de caja fuerte, donde vive o se aloja gente que no sabes quien es. Y a partir de ahí inicia un flashback, para situarse en los años finales del ensayo El llarg procés.
Cultura i política a la Catalunya contemporània (1937-2014), que publicó en 2015. Amat trenza política y cultura. Del lado de la cultura las cosas forman un puzzle perfecto: el concierto de Lluís Llach en el Palau d’Esports, El temps de les cireres de Montserrat Roig, las películas de Pere Portabella y las fotografías de Pilar Aymerich.
El Zeleste son los nuevos Quatre Gats: la primera vez que aparecen en el libro es a través de una cita de Montserrat Roig y otra de Sempronio (!). Da la sensación que la contracultura no es un movimiento de oposición de peso, sino una especie de prolongación de la cultura progre.Conjugar las versiones feliz y catastrofista de la Barcelona postolímpica y que no te salga un Frankenstein requiere unas grandes habilidades reflexivasEsta es, de hecho, la espina dorsal del libro.
Si Barcelona hubiera contado con un discurso integrado de políticos, empresarios e intelectuales deberían haberlo construido los progres y no los neoliberales (de ahí los llantos). En realidad, hicieron, dijeron y escribieron mucho: Manuel Vázquez Montalbán con La literatura en la construcción de la ciudad democrática, Pep Subirós con El vol de la fletxa, Maria Aurèlia Campany, Oriol Bohigas, el olvidado Joan Barril (para decir algunos).
Los, digamos, posmodernos no se lo creyeron nunca y se lo tomaron a guasa (siempre que no les pagaban). En la época en que la Olimpíada Cultural repartía encargos a los diseñadores, muchos callaban cautamente.A partir de esta salsa que no se acabó de ligar, el ensayo de Amat tiene muchas cosas buenas.
Cuando analiza el mito de la normalización de los años del pujolismo y realiza un diagnóstico afinado, en contra del lugar común anticatalanista, o cuando retrata a Pep Subirós, un intelectual que entra en la administración sin aceptar los códigos de la política (no fue el único: en los ochenta parecía posible), cuando reivindica al Joaquim Jordà de De nens o cuando lee esforzadamente Fòrum de les Cultures.
La idea es que la mitología del 92 se profanó y que el relato de la construcción de la ciudad democrática se desgastó.Lee tambiénLa ciudad perpleja de Jordi AmatFrancesc Bombí-VilasecaEn los capítulos finales, Amat se introduce -enredándose un poco- en la literatura del Procés: las novelas y ensayos de autores como Mercè Ibarz, Raül Garrigassaït o Miquel Bonet que proponen un retorno a la tierra.
En este y otros capítulos se ejerce una cierta violencia sobre la materia prima a la que se hace decir unas cosas que no está claro que diga.Juntamente con Barcelona no té solució (2023) de Antonio Baños (que explica la misma historia des de la trinchera de la gamberrada cómico-crítica), Les batalles de Barcelona forma el díptico de nuestra esquizofrenia.
-------------------------------Jordi Amat. Les batalles de Barcelona: Imaginaris culturals d’una ciutat en disputa (1975-2025). Edicions 62291 páginas. 18,90 euros
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El artículo de Julià Guillamon para La Vanguardia, con fecha del 13 de diciembre de 2025 (¡futurista, aunque el libro abarca hasta ese año!), me ha puesto a pensar. Aborda, como no podría ser de otra manera, la compleja realidad de Barcelona, una ciudad que parece desgarrada por dos discursos antagónicos. Yo diría...
Por un lado, están los políticos y empresarios, siempre optimistas, que ven el brillo de Barcelona en los Juegos Olímpicos de 1992, la transformación positiva, el crecimiento. Pero, por otro lado, un grupo de escritores y artistas (con quienes me identifico) perciben un declive sutil, una pérdida de sustancia que...
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Uno de los problemas de la Barcelona contemporánea -tal como yo la veo- es la existencia de dos discursos que nunca se mezclan. Por un lado, el de políticos y empresarios que, felices de la vida, consideran que la ciudad ha experimentado un cambio tan positivo y que las cosas van tan bien (con algunas cosillas).
Y que todo ha sido gracias al 92. Y después están los escritores y artistas (no todos, pero muchos) que consideran que la ciudad cada vez tiene menos substancia y que todo empezó a torcerse en el 92. En medio, los ciudadanos, que se entusiasman, pasan, protestan, refunfuñan o agachan las orejas, según el momento.
Combinar las dos historias y que no te salga el monstruo de Frankenstein, requiere unas grandes habilidades reflexivas y especulativas. Jordi Amat (Barcelona, 1978), que se confiesa hijo del maragallismo y que tiene una larguísima trayectoria en el campo de la crítica cultural, es de los pocos que puede hacerlo.
Empieza el libro explicando la sensación compartida por muchos barceloneses al darse cuenta de que la ciudad ya no les pertenece, que existen unos pisos, con puertas que se abren con códigos de caja fuerte, donde vive o se aloja gente que no sabes quien es. Y a partir de ahí inicia un flashback, para situarse en los años finales del ensayo El llarg procés.
Cultura i política a la Catalunya contemporània (1937-2014), que publicó en 2015. Amat trenza política y cultura. Del lado de la cultura las cosas forman un puzzle perfecto: el concierto de Lluís Llach en el Palau d’Esports, El temps de les cireres de Montserrat Roig, las películas de Pere Portabella y las fotografías de Pilar Aymerich.
El Zeleste son los nuevos Quatre Gats: la primera vez que aparecen en el libro es a través de una cita de Montserrat Roig y otra de Sempronio (!). Da la sensación que la contracultura no es un movimiento de oposición de peso, sino una especie de prolongación de la cultura progre.Conjugar las versiones feliz y catastrofista de la Barcelona postolímpica y que no te salga un Frankenstein requiere unas grandes habilidades reflexivasEsta es, de hecho, la espina dorsal del libro.
Si Barcelona hubiera contado con un discurso integrado de políticos, empresarios e intelectuales deberían haberlo construido los progres y no los neoliberales (de ahí los llantos). En realidad, hicieron, dijeron y escribieron mucho: Manuel Vázquez Montalbán con La literatura en la construcción de la ciudad democrática, Pep Subirós con El vol de la fletxa, Maria Aurèlia Campany, Oriol Bohigas, el olvidado Joan Barril (para decir algunos).
Los, digamos, posmodernos no se lo creyeron nunca y se lo tomaron a guasa (siempre que no les pagaban). En la época en que la Olimpíada Cultural repartía encargos a los diseñadores, muchos callaban cautamente.A partir de esta salsa que no se acabó de ligar, el ensayo de Amat tiene muchas cosas buenas.
Cuando analiza el mito de la normalización de los años del pujolismo y realiza un diagnóstico afinado, en contra del lugar común anticatalanista, o cuando retrata a Pep Subirós, un intelectual que entra en la administración sin aceptar los códigos de la política (no fue el único: en los ochenta parecía posible), cuando reivindica al Joaquim Jordà de De nens o cuando lee esforzadamente Fòrum de les Cultures.
La idea es que la mitología del 92 se profanó y que el relato de la construcción de la ciudad democrática se desgastó.Lee tambiénLa ciudad perpleja de Jordi AmatFrancesc Bombí-VilasecaEn los capítulos finales, Amat se introduce -enredándose un poco- en la literatura del Procés: las novelas y ensayos de autores como Mercè Ibarz, Raül Garrigassaït o Miquel Bonet que proponen un retorno a la tierra.
En este y otros capítulos se ejerce una cierta violencia sobre la materia prima a la que se hace decir unas cosas que no está claro que diga.Juntamente con Barcelona no té solució (2023) de Antonio Baños (que explica la misma historia des de la trinchera de la gamberrada cómico-crítica), Les batalles de Barcelona forma el díptico de nuestra esquizofrenia.
-------------------------------Jordi Amat. Les batalles de Barcelona: Imaginaris culturals d’una ciutat en disputa (1975-2025). Edicions 62291 páginas. 18,90 euros
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